Afortunadamente la lectura sigue siendo el lugar al que retirarse de un mundo insano...
Los Cuentos de Pratt
(Historias que no son cuento...)

La Maga


El pedazo de tierra blanda rebotó sonoramente contra la madera de la tapa del ataúd. La mano que la había arrojado fue directamente a cubrir la boca de su dueño, que no pudo contener un llanto tan profundo como doloroso.
Fernando Reis acababa de quedar completamente solo; sus hijos, todos adultos ya, tenían sus propias vidas y no vivían con él y su madre, que acababan de enterrar.
Sonia, su compañera, había muerto prematuramente, tras una rara afección pulmonar que se la había llevado en menos de dos meses de enfermedad dejándolo tan solo como desolado.

A los 52 años el encontrarse viudo no formaba parte de sus planes, ciertamente, y durante las semanas que siguieron al entierro de su esposa no sabía que hacer ni como encarar aquella nueva y desconocida realidad. Sus amigos querían verlo salir, lo tentaban con diferentes propuestas, a las que invariablemente respondía que no. En alguna ocasión acarició la idea del suicidio, tal la soledad en la que estaba inmerso; sin embargo la energía vital de sus nietos siempre lo devolvía al mundo de los vivos y sus hijos lo sabían, por lo que siempre que sus actividades se lo permitían, estaban cerca de él.

Cuando ambos se jubilaron a los cincuenta años, tenían un millón de planes para hacer juntos; siempre habían sido un matrimonio unido, y si bien la pasión no era la misma que a los veinte, seguían disfrutando de una relación tan armoniosa como placentera. Pero la muerte había venido a quebrar para siempre aquella felicidad y de esos sueños y planes nada quedaba ya.

Fernando poco a poco trataba de adaptarse a la casa vacía. Proyectada como vivienda para toda la familia, la partida de cada uno de los hijos la iba agrandando demasiado, y ahora que estaba solo, aquella gran casa era nada mas que un símbolo del pasado, pero para nada cálida a la hora de quedarse solo en ella por las noches; por lo que decidió venderla. Obviamente sus hijos pusieron el grito en el cielo y solo después que les informara que repartiría entre ellos el producto de la venta; quedándose solo con una pequeña parte para adquirir un departamento pequeño o alguna otra propiedad mínima, fue que suavizó la negatividad de aquellos...

Dos meses después se hallaba con una pequeña suma de dinero de la venta, los ahorros que había juntado con su esposa a lo largo de la vida y un resto del seguro de vida que había utilizado para cancelar todas sus deudas. Pero no sabía que hacer con ello y en una semana debía entregar la casa.

Algo inesperado llegó entonces para marcarle un rumbo.

Mientras veía la televisión, en un programa de cocina, un hombre había instalado una cabaña en un solitario litoral marítimo de la provincia de Chubut en un lugar llamado Cabo Raso, unos 85 km al norte del pueblo de Camarones; había allí un pueblo fantasma, abandonado por los pobladores hacía unos treinta años.
La belleza del lugar era abrumadora, y algo en las palabras del cocinero, que tenía también mucho de poeta, lo impulsó a querer conocer el lugar.

Comunicó a sus hijos la idea, que vieron con entusiasmo que su triste padre decidiera hacer algo, aquel viaje... así que le ayudaron a armar un equipo de campamento acorde al lugar y la latitud a la que iría.

La ruta tres atraviesa de norte a sur la Patagonia y muchos la bautizaron como la ruta del desierto, por lo desolada que era, sin embargo a Fernando le gustaban aquellos parajes y solo lamentaba que Sonia no estuviera allí.

Llegó finalmente a Camarones una fresca tarde de Diciembre y se alojó en el único hotel del pequeño poblado. En el desayuno del siguiente día, conversando con la dueña del lugar se enteró que en Cabo Raso ya no vivía nadie desde la muerte de su última pobladora, pero que las casas aún estaban allí. Grande era su curiosidad, por lo que decidió partir hacia allá esa misma mañana luego de aprovisionarse adecuadamente.

Los 85 km. que separaban a Camarones de sus destino eran de fino ripio y no representaban ningún desafío para la camioneta de Fernando, por lo que poco después del mediodía llegaba a aquel pueblo fantasma.

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La belleza de aquel lugar era indescriptible. Tratábase el sitio de una bahía al abrigo del viento patagónico, con una amplitud de mareas que dejaban al descubierto en la playa y durante una parte del día gran cantidad de frutos del mar, camarones, mejillones, pulpos, calamares, almejas y una infinidad de formas de vida que servirían para alimentarlo hasta la saciedad. El agua fresca era provista por los numerosos pozos de las viejas casas abandonadas, que se mantenían en actividad con las lluvias de la zona.

Decidió no dormir en la carpa, ya que muchas de las casas estaban en óptimas condiciones, incluso muchas de ellas con los antiguos muebles de principios de siglo XX que las caracterizaban.

Se estaba enamorando de aquel lugar y su soledad, que lo hacía olvidar por momentos el dolor de su reciente pérdida.

Decidió quedarse un tiempo allí, por lo que a los tres días fue hasta Camarones a proveerse de distintas cosas para mejorar su estadía. Lo recibió la dueña del almacén de ramos generales del lugar, una bonita dama de unos 45 años y de cabello muy rubio que denunciaba su ascendencia galesa.

              Así que usted es el porteño que está parando en el Cabo?, le preguntó sin demasiado preámbulo.

              Así es, el lugar es fantástico, y no imagino por que la gente no vive allí, le contestó.

              Sabe que pasa?, desde que pavimentaron la ruta tres condenaron a muerte al pueblito, ya nadie pasaba por ahí y los barcos no paraban allá tampoco, la gente no tenía de que vivir, solo quedaba allí la dueña del almacén, La Castellana, que murió hace algunos años, desde entonces no vive nadie.

              Una pena, el lugar es hermoso.

              Si, hace poco construyeron una cabañita para un programa de televisión del cocinero Francis Malhman, justo en el extremo del cabo.

              Si, es por ese programa que estoy aquí, ni bien vuelva la buscaré, no sabía por donde estaba.

Luego de terminar la compra se despidió de aquella amable mujer, que, según supo, también era viuda, asegurándole que en unos días volvería desde allá para reaprovisionarse.

La mujer, por su parte, quedó encantada con aquel forastero de ojos tristes, y al marcharse le dedicó una mirada que solo se había permitido con su marido, cuando éste vivía.

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Si no fuera por la impresionante soledad de aquel lugar, sería un Paraíso... soleado, al abrigo del viento, con una vista increíble del mar y con toda clase de alimentos al alcance de la mano.

Se instaló en una bonita casa alejada del pueblo que estaba en un pequeño promontorio desde el cual veía toda la bahía y el mar hasta el horizonte. El lugar era acogedor y tenía una cocina a leña y una estufa en el dormitorio, necesaria allí aún en verano.

Los días los dividía en extensas caminatas por la playa, fotografiando aquel lugar increíble, luego escribir, un hábito que tenía de joven y que ahora sentía la necesidad de retomar, cocinar, explorar el poblado y sus alrededores, sorprendiéndose al hallar los testimonios de las vidas de los que allí habían vivido. También empleaba algunas tardes en cazar con su escopeta, ya que extrañaba la carne, frente a tantos frutos del mar.

Una noche un ruido extraño lo despertó, algo golpeaba la puerta de la vieja casa, como rascando la madera. Asustado, tomó su pistola (que siempre lo acompañaba a todas partes) y encendiendo la linterna espió por una ventana. Un cachorro de perro rascaba la puerta con fuerza. Miró hacia todos lados a ver si hallaba la madre del animalito, pero no la vio. Abrió la puerta y el cachorro entró como si fuera de la casa.

              Y vos que hacés acá en éstas soledades, perrito?, le pregunto extrañado, al tiempo que alzaba el cachorro y acariciaba su suave pelaje.

El animalito por su parte le lamía la cara con fuerza.

Así fue que “Cremoso” pasó a compartir con él la soledad. El perro y el hombre se hicieron inseparables esos días.

Una semana mas tarde tornó a Camarones para reaprovisionarse, hablar con sus hijos por teléfono y recibir la correspondencia, que había arreglado para que le llegase al almacén de la rubia galesa.

              Cómo le va Fernando?, le preguntó encantada con su presencia, la dama. Veo que tiene un amigo, le dijo señalando a Cremoso.

              Si, tengo un “ladero”, apareció una noche solito en la casa que ocupo, en el extremo del Cabo, busque a su madre o gente a la que pudiera pertenecer, pero no hallé a nadie, no me explico como llegó allí... a propósito, necesito un buen alimento balanceado para mi amigo, no le gustan mucho los peces o los bichos que cazo.

              No se haga problema Fernando, tengo uno muy bueno... a propósito de comida; le gustaría quedarse a almorzar, estoy cocinando un plato nuevo y es demasiada cantidad para mi sola... le dijo como al descuido.

Fernando captó de inmediato la intención y aceptó de buen grado. Si bien extrañaba horrores a Sonia, era aún joven y el cuerpo le comunicaba sus necesidades.

El almuerzo siguió en sobremesa, merienda y cena. Esa noche Fernando durmió en la cama de Liz, la rubia dueña del almacén, mientras Cremoso establecía amistad con Trip, la perra de la mujer.

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Los días pasaban y sus hijos comenzaban a extrañarlo, al punto de llamar a la mujer de Camarones y preguntar por él.

              Su papá está muy bien, viene por acá una vez por semana, esta viviendo en una casa de allá y hasta tiene un perro, les contó la rubia dama.

              Buenísimo, pero por favor dígale que sus nietos lo extrañan...

              Se lo diré cuando venga, no se preocupe, pero quizá debieran venir a verlo ustedes, no? Les recalcó como al pasar...

              Es que no podemos dejar todo como hizo él, por favor dígale que nos llame.

              No se preocupe, lo haré.

Quizá si Liz hubiera sabido a que peligro se exponía Fernando, habría ido ella misma a hablar con él aquel día.

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Fernando dormía apaciblemente cuando Cremoso comenzó a gruñir a los pies de la cama, un segundo después un estruendo lo despertó, aturdido, tomó la pistola y se asomó por la ventana. Una feroz tormenta azotaba el Cabo, con violentos truenos y relámpagos, algo raro en el sur patagónico. Eran las tres de la mañana y entre las luces de los rayos creyó ver un velero en medio de la bahía. Prestó atención y a la luz de nuevos relámpagos efectivamente comprobó que un pequeño velero estaba en problemas frente a la costa. Se vistió rápidamente y corrió a la playa al tiempo que la tormenta destrozaba la pequeña embarcación contra las rocas de la costa. Mientras alguien con un chaleco amarillo fosforescente trataba de llegar a la costa luchando con las olas.

Sin pensarlo se metió en las frías aguas y casi al límite de sus fuerzas logró tomar un brazo de la persona y acercarla a la costa. Una vez en la playa comprobó que se trataba de una mujer, quien se había desmayado en la arena.
La puso al abrigo de unas rocas y corrió otra vez hasta el agua, a ver si podía rescatar a alguien mas. Pero no vio a nadie, solo al velero terminar de destrozarse y hundirse a unos doscientos metros mar adentro.

Como pudo alzó en brazos a la mujer y la llevó hasta la casa.

Al abrir la puerta Cremoso comenzó a gruñirle a la mujer. Lo apartó con el pié y puso a la mujer en su cama, mientras le quitaba el chaleco y la ropa para secarla.

              Qué te pasa perro?, no ves que está herida? Le recriminaba al animal.

Cremoso fue a sentarse cerca de la estufa, pero sin perder un solo detalle de lo que pasaba. Una vez desnuda, Fernando la secó a conciencia frotándole el cuerpo para devolverle el calor, comprobando que era una bella mujer de unos cuarenta años con un cuerpo impresionante. Mareado ante esa belleza, la vistió con un pantalón y un suéter de lana y la abrigó con varias mantas, colocando al tiempo mas leña en la estufa. Fue entonces a la cocina a prepararle algo caliente. Mientras estaba allí oyó gruñir otra vez a Cremoso, pero el gruñido cesó secamente.

Lo que no vio Fernando es que la mujer volvió la cabeza al animal y lo miró con una mirada perturbadora, que hizo que el perro callara y se fuera a los pies del hombre.

              Dónde estoy? Preguntó la mujer al despertar.

              En una casa al extremo norte de Cabo Raso, 85 km. al norte de Camarones, en Chubut, le respondió.

              Como llegué aquí?, y el Mary Celeste, mi barco?...

              Lamento informarle que se hundió a unos doscientos metros de la costa.

              Oh no... y mi tripulante?, no vio al marinero...? le preguntó con inquietud en el rostro.

              No he visto a nadie mas, ni bien se haga de día iremos a la playa a ver si lo hallamos... le respondió sin albergar mayor esperanza...

Luego aquella mujer le contó una historia de un viaje alrededor de la costa sudamericana en un barco de su propiedad, con un marino contratado como compañía y el error de éste al acercarse demasiado a la costa con su barco.

Pero Fernando apenas la oía, la belleza de aquella mujer lo obnubilaba, su rostro, la línea de los senos que se insinuaba bajo el suéter, la piel que se adivinaba tersa y suave... los ojos, increíblemente bellos y extraños... Cremoso, por su parte había optado por quedarse en la cocina.

                                                       

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Al día siguiente recorrieron la ensenada de arriba a abajo sin hallar ningún rastro ni resto alguno del naufragio. Ni maderos, ni restos flotantes, ni tripulante, ni nada... solo aquella mujer era la única prueba del naufragio.

              Luego de desayunar la llevaré a Camarones para avisar a las autoridades de lo sucedido. Le dijo a la bella mujer.

              No hay apuro, mejor esperemos un día, a ver si mi tripulante aparece, quizá haya llegado a la playa en algún otro sitio... le contestó rápidamente.

Fernando no notaba que Cremoso NUNCA estaba en el mismo lugar en que estuviera la mujer, la esquivaba y no se acercaba a ella.

Esa tarde recorrieron toda la playa y hasta encendieron un fuego en el pequeño y viejo faro del promontorio, por si el marino le viese. El hombre estaba como hipnotizado por aquella extraña mujer, sus sentidos se iban embotando a cada minuto y solo la miraba, como si esa presencia magnética le fuese atando la voluntad y le encendiese un deseo irreprimible. No recordaba ni siquiera a Sonia.

Luego de la cena la mujer, que curiosamente nunca le dijo su nombre, preparó el baño y se encerró en el. Solo en esos minutos el hombre pareció recobrar algo de su voluntad y notó como en sueños que cremoso rascaba desesperado la puerta para salir de la casa...

Cuando la mujer salió del baño estaba completamente desnuda, traía en las manos la ropa que le pusiese Fernando.

              Acá te devuelvo tu ropa, la mía ya ha de estar seca. Me la alcanzás...? le preguntó en una seductora voz que no parecía de éste mundo.

              Ya... solo alcanzó a balbucear el hombre, completamente subyugado por aquel cuerpo increíble.

                                          

La tensión cedió entonces y Fernando terminó en la cama con aquella mujer, arrastrado a una cópula lujuriosa, interminable y frenética, donde las fuerzas del hombre iban cediendo y un sopor cada vez mas grande se apoderaba de su voluntad a cada nueva unión con aquel cuerpo que le anulaba la voluntad.

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La dueña del almacén de ramos generales de Camarones estaba preocupada. Fernando no había aparecido por allí en varios días, cuando había avisado que siendo el cumpleaños de uno de sus nietos, lo iba a llamar dos días antes. Pero Liz realmente comprendió la gravedad de la situación cuando vió llegar a Cremoso solo. El perrito de Fernando había recorrido los 85 km. Hasta la casa de la mujer y ésta sola acción le indicaba que algo terrible había sucedido, quizá el hombre hubiese tenido un accidente o estuviera enfermo. Cerró su negocio y colocando un botiquín en la F100 salió a velocidad hacia Cabo raso, acompañada de Cremoso (que ladraba continuamente) y de su perra Trip. Había intentado comunicar sus sospechas en el destacamento policial de la ruta, pero un cartel indicaba que los agentes habían concurrido a una estancia por la desaparición de dos peones.

Cuando llegó al pueblo fantasma era casi de noche y sintió miedo. Por suerte en la guantera de la camioneta estaba el viejo Webley .45 de su difunto marido, el potente revólver británico no le era desconocido y ciertamente la protegería DE LO QUE FUERA. Vió luz en la casa del promontorio y hacia allí se dirigió.

De inmediato notó que los perros no se querían acercar a la casa y gimiendo de miedo con la cola entre las patas, se echaban en el piso frente a los esfuerzos de ella para que la acompañasen...

Eso le dió aun mas miedo, pero a pesar de ello, con el botiquín en una mano y el revólver en la otra encaró el camino hacia allí, sin embargo no llamó a la puerta, acercándose en cambio a la ventana iluminada para ver que pasaba dentro.

Lo que vió la llenó de horror.

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Fernando estaba tirado en la cama, desnudo y con una palidez extrema, con los ojos exangües y a su lado, una figura imponente y femenina... pero no humana.

 
                                                                                              
Esa cosa, con la figura de una mujer de cuerpo extraordinario, en realidad tenía mas que ver con un  animal marino, ya que su piel tenía el aspecto de la de un pez, totalmente calva, su mirada le provocó terror a la galesa, quien, sin pensarlo, levantó el arma y le disparó por la ventana, mas como un acto reflejo que de la voluntad...

Aquel ser lanzó un grito brutal y desgarrado al ser alcanzado por el proyectil, arrojándose por la ventana en dirección al mar. Los perros le ladraban salvajemente mientras la cosa corría por la arena en dirección al agua, cayendo de bruces frente a la primer ola.

Pero Liz ya no miraba aquello, había entrado en la casa y estaba socorriendo a Fernando que a duras penas y con un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en la camioneta, Cremoso le pasaba la lengua por la cara todo el tiempo.

Días después con sus hijos y la mujer galesa, Fernando obtenía el alta médica del hospital de Trelew, había salvado su vida de milagro, aquella cosa con forma de mujer le había drenado los fluidos de su cuerpo en forma extrema, si Liz no lo hubiera hallado, probablemente hubiera muerto al siguiente día.

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Fernando Reis y Elizabeth Teller vivieron juntos a partir de entonces... pero no en Camarones ni en Buenos Aires, sino en Mendoza, bien lejos del mar y desde entonces, sus hijos y nietos los visitan regularmente, llamando abuela a la bella mujer galesa.

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Un año después de los sucesos se hallaron los restos de un velero llamado María Celeste, y de su único tripulante muerto en su litera, durante una bajante extraordinaria, por un equipo de documentalistas.

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En la Actualidad:

Eusebio Castro se despertó sobresaltado... su perro Huaique ladraba insistentemente por la ventana del viejo colectivo que había convertido en vivienda, pegado a la cabaña que la gente del canal había construido para el cocinero de la tele, en el extremo de la península. Vivía allí solo con su perro, de la recolección de algas para la compañía acopiadora.

Al mirar por la ventanilla vio, a la luz de los relámpagos, un crucero pequeño que luchaba contra las olas. Salió del colectivo y poniéndose el traje de agua se acercó a la playa, el crucero se hundía pero una persona con un salvavidas amarillo luchaba por llegar a la costa. Eusebio se metió en el agua para rescatarla.

Huaique gruñía desesperado pero nunca se acercó a la arena.





 

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